Las
afectaciones reales del divorcio no son únicamente jurídicas, sino
principalmente patrimoniales y familiares.
Por un
lado, existen consecuencias económicas derivadas de la disolución del vínculo;
pero, más allá de lo patrimonial, la mayor afectación recae en los hijos.
La
ausencia de uno de los padres en la vida cotidiana impacta directamente en su
desarrollo emocional, social y familiar. En muchos casos, quien se separa del
hogar también se desentiende de la convivencia, generando una ruptura que va
más allá de la relación de pareja.
Es
importante entender que la convivencia no es un derecho del padre o de la madre,
ES UN DERECHO DEL MENOR.
Bajo este
enfoque, el error más común es pretender resolver estos conflictos únicamente
mediante juicios.
Aunque
legalmente procedentes, muchas resoluciones no se adaptan a la realidad
cotidiana de las partes, lo que provoca que, en la práctica, no se cumplan o
terminen afectando aún más a los menores.
LA
VERDADERA SOLUCIÓN no está en litigar más, está en construir acuerdos reales que
se ajusten a la dinámica de los padres, consideren tiempos, distancias y
condiciones reales y prioricen la convivencia efectiva del menor, no solo la
formal.
El
derecho debe ser una herramienta para ordenar la vida, no para complicarla, no
se trata de ganar un juicio se trata de proteger a los hijos y hacer viable la
convivencia en la vida diaria.